¿Qué es lo que realmente nos emociona?

   ¿Son palabras?

         ¿Son hechos?

Esta Semana Santa he vuelto a Port Aventura. He vuelto a las colas interminables.

            

                                            Yo, que había jurado no regresar jamás, he reincidido. También es verdad que con dos hijos de 8 y 6 años uno no toma decisiones: uno ejecuta  con la mochila cargada de fruta, agua y resignación.

Me dije que no volvería a darles mi sucio dinero. 

    Eso lo cumplí.  

            Pagó mi mujer.

Volví a las colas infernales, sintiéndome una oveja, negociando con dos niños que pasan de la euforia absoluta al apocalipsis en segundos. 

Entonces vi algo.

        

              Vi a personas acompañando a visitantes con discapacidad para que pudieran subir a las atracciones. 

Una chica guiando a otra chica ciega de la mano. 

            Otra ayudando a una persona en silla de ruedas a acercar la silla, desmontar una pieza, levantar, sentar, esperar, volver, recolocar, subir, bajar … con una generosidad admirable.

Ahí estaba yo, indignado porque llevaba 40 minutos esperando para montarme en una atracción (sigo sin saber porque se llama así) que dura 55 segundos, mientras otros estaban dedicando su tiempo para que otra persona pudiera vivir nuevas sensaciones.


Yo iba pendiente de mis hijos, de mi paciencia, de mis tiempos, de mis pequeñas incomodidades y vi a gente poniendo su tiempo, su fuerza y su atención al servicio de la alegría de otros.

 

  Eso me pareció profundamente humano. 

   Nos gusta pensar que lo que nos define es lo que opinamos, lo que defendemos o lo que gritamos. Nos define mucho más la capacidad de ayudar a otro a sentir algo bonito, incluso cuando hacerlo requiere esfuerzo.

Me gustó verlo. Me hizo bien. Pensé que valía la pena compartirlo.

Igual la humanidad todavía tiene alguna opción.

 

No muchas, porque hay mucho cafre suelto que insulta viendo el fútbol.

Pero alguna opción queda.

Te lo comparto porque me gustó mucho verlo.

Un abrazo,

José Levy