gurú gurú

Hay una parte del desarrollo personal que se parece demasiado a una discoteca de las guais.

Luces. Música épica. Gritos. Saltos. Abrazos. Sudor. Euforia colectiva.

Luego te dicen que has transformado tu vida/ transformers.

No, joder. Te has pegado un subidón.

Ese mismo subidón te lo consigues con 4 cafés dobles y música tecno a toda hostia en el coche.

No estoy diciendo que no se mueva nada ahí dentro. Estoy diciendo que intensidad no es lo mismo que transformación.

Que salgas del evento gritando “soy imparable” no significa que hayas cambiado un patrón. Significa que estás arriba (o hasta arriba)/ upstairs

Estar arriba lo consigue cualquiera.

Lo jodido es sostener algo cuando vuelves a tu casa, a tu rutina y a tu cabeza de siempre. Ahí es donde se separa el show de la realidad.

Mientras tú crees que has despertado una nueva versión de ti, lo único que ha pasado es que te han metido en un entorno diseñado al milímetro para alterarte el estado emocional/ getin creisi.

Lo grave viene después. Cuando el martes vuelves a ser tú.

Cuando vuelven tus dudas. Tus inseguridades. Tus escapismos. Tus mierdas de siempre. Entonces encima te sientes culpable porque te vendieron que habías cambiado.

El fallo no eres tú. El fallo es haber confundido una descarga emocional con una transformación profunda.

Hay mucho desarrollo personal que es solo entretenimiento emocional para adultos.

Un chute de dopamina.

Un fin de semana de evasión con discurso de superación/ aim de kin.

Muy vendible en Instagram, pero cero estructura para el día después.

El cambio real no necesita espectáculo.

Necesita verdad. Incomodidad. Disciplina. Tiempo.

Lo otro solo te coloca (que rule).

«Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no puedes pintar’,

entonces pinta, y la voz será silenciada».

Vincent Van Gogh

Un genio atormentado que entendía que los demonios internos se callan currando en silencio,

no dando saltos en un escenario con luces de neón.

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La realidad de las bodas

Japi Dei

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José Levy

 

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