Socialismo o Pasión

 

Tu cliente no se emociona ni te agradece tu esfuerzo. Lo único que valora de verdad es tu autoridad ante el cliente.

Puede que te diga que sí se emociona. No es verdad.

Tu cliente quiere lo que quiere. Es egoísta. Como todos. Tampoco es que sea un bicho raro.

Algunos sí lo son.

Piensa en la última vez que compraste algo caro. ¿Qué era lo más importante para ti? ¿Y por qué?

Esas variables cambian según el producto. Según el servicio.

Ahora piensa que buscas algo personalizado. Llámalo abogado, dentista, oftalmólogo, traje a medida, web corporativa o urólogo.

¿Te gusta esperar? ¿Que te traten como uno más? ¿Rellenar mil formularios? ¿Que no te miren a los ojos?

Si te importa lo suficiente, lo aceptas todo. Y más. Le perdonas la sala de espera, el trato frío, hasta la mala leche del recepcionista.

El cliente es igual.

Tú sabes que cuando te contrata, eres la ostia. Y por eso acepta lo que sea después.

¿Pero antes? ¿Qué acepta tu cliente cuando todavía no sabe quién eres? Ahí no acepta nada. Ahí compara. Ahí duda. Ahí te descarta sin que tú te enteres.

No caigas en pensar que porque tú sabes que lo haces de puta madre, todos lo saben.

Nadie lo sabe. Hasta que lo comunicas.

La autoridad ante el cliente no se demuestra cuando ya te ha contratado. Se comunica antes. Mucho antes. En cada mensaje, cada propuesta, cada silencio que dejas pasar sin responder.

Eso es lo que separa a quien vende de quien espera a que le compren. Y esa espera te sale cara.

 

Japi Dei

 

 

José Levy

 

P.D.: la clave es comunicar esa autoridad ANTES de que sea tu cliente.

 

Soy la ostia
antes, durante y después
que me contraten

 

¿Por qué el cliente solo mira tu precio?